El comienzo...

Todos tenemos una historia diferente con la radio. La mía comienza cuando apenas tenía 8 años y era escucha de la onda corta. Con el paso del tiempo, el encuentro con la radioafición se volvió inevitable; y así sucedió, a través de los 11 metros. Pasaron unos cuantos años más hasta que, finalmente, obtuve mi indicativo y me convertí formalmente en radioaficionado.

Cuando me entregaron la licencia quería comerme el espectro y hacer la mayor cantidad de contactos posible. Pasé semanas subiendo y bajando dipolos del techo bajo el sol, ajustando la ROE milímetro a milímetro. Por desgracia, también choqué de frente con la realidad moderna: encender la radio en casa y toparme con un ruido brutal de S9 a causa de cargadores de baja calidad, luminarias LED o una propagación caprichosa que te deja días enteros en silencio absoluto.

Fue allí donde descubrí el DMR; y junto a él, el muro de los mitos.

Al principio, cada vez que sacaba el tema en una conversación, me encontraba con una ráfaga de comentarios conocidos:

«Eso no es radio, mijo; eso es un teléfono pegado a internet.»

«La radio de verdad lleva perillas grandes; esas pantallitas a color no son radios.»

«A mi edad no me voy a poner a pelear con una computadora para hablar dos palabras.»

«Si no huele a estaño caliente y no hay estática, no tiene gracia.»

Entiendo profundamente el apego a los equipos icónicos de nuestra afición y al sonido característico que emana de ellos. Sin embargo, detrás de muchas de esas excusas casi siempre se esconde el miedo a volver a sentirse principiante.

Primeras pruebas:

Como muchos, primero probé la experiencia DMR desde el teléfono y comprendí que el aire ahora transporta paquetes de datos digitales con la misma elegancia con la que antes viajaba una portadora de AM. De pronto, un pequeño transceptor portátil y un punto de acceso (hotspot) pueden abrirte las puertas del mundo sin pedirle permiso al ciclo solar ni a la interferencia urbana.

Operar en DMR te hace entender que en la radioafición hay espacio para todos: existe una vía de experimentación propia y un aprendizaje particular… e incluso cuenta con sus propios entusiastas apasionados. Descubres que, en el fondo, los principios básicos de la comunicación a distancia no se han perdido; tanto así que puedes registrar con orgullo cada contacto en plataformas como QRZ.

Desmitiendo el mito:

Si bien es cierto que el DMR comúnmente se apoya en una conexión a internet, no vivimos en 1996: hoy las redes de datos son resilientes y muchas infraestructuras sobreviven incluso a grandes catástrofes, como ya se ha demostrado en múltiples emergencias. Respecto al debate sobre los equipos de perillas robustas y botones analógicos, todos los amamos; eso es indiscutible. No obstante, incluso esa radio de HF de la que algunos se quejan por notar bandas vacías hoy se escucha con mayor claridad gracias a las pantallas de cascada y los filtros digitales DSP. Quisiera yo que esos mismos detractores se convirtieran en promotores de soluciones como FreeDV, que ya acumula más de una década entre nosotros como un modo digital abierto y brillante, aunque no haya alcanzado la masificación del DMR.

Durante las últimas dos décadas hemos presenciado el salto tecnológico más acelerado en la historia moderna, y la radioafición no vive aislada de ese fenómeno. Resulta contradictorio rechazar lo digital cuando llevamos en el bolsillo una computadora capaz de realizar llamadas, reproducir video en tiempo real y procesar información compleja. Además, aprender una tecnología nueva jamás ha estado condicionado por la edad: investigaciones del MIT, de universidades como Harvard y Texas, y del Instituto Nacional sobre el Envejecimiento concluyen que los años no representan una limitante para incorporar nuevos conocimientos.

Conclusiones:

El DMR no viene a sustituir nada: es una alternativa más, otra forma legítima de hacer radio. Le brinda al colega con discapacidad visual la posibilidad de disfrutar su pasatiempo mediante síntesis de voz y canales preconfigurados; al operador que no dispone del presupuesto para una costosa estación de HF, una vía accesible para mantenerse activo; a nuestra diáspora, el puente indispensable para seguir enlazada con los colegas de su tierra natal aun cuando su condición migratoria no le permita homologar un indicativo local; y a quien vive en un departamento sin acceso al tejado, la oportunidad de no renunciar a esta hermosa afición.

No existe una tecnología intrínsecamente superior o inferior. El espíritu del radioaficionado nunca consistió en quedarse petrificado en una época dorada. Nuestros pioneros experimentaron con chispas, luego con válvulas termoiónicas, más adelante con transistores y microcontroladores. Hoy nos corresponde continuar esa misma tradición con ceros y unos.

La radioafición no ha muerto: simplemente buscas a los colegas en el lugar equivocado. Lo único que ha cambiado es la forma en que decidimos escucharnos.

¡73 y muy buenos DX!

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